Héctor Rodríguez Colmenero
Las llamadas Jornadas Azules que organiza el PAN en Guanajuato recuerdan más a los antiguos circos itinerantes que recorrían pueblo tras pueblo montando sus lonas, ofreciendo espectáculo por unas horas y desapareciendo sin dejar mayor huella. Llegaban con ruido, luces y promesas de entretenimiento, pero al final solo quedaba el polvo y la sensación de haber visto lo mismo de siempre. Así exactamente se sienten estas jornadas: como una función repetida, un guion aprendido, una puesta en escena donde solo se la creen quienes la montan.
Ahora que el desgaste del poder es evidente y la desconexión con la gente ya no puede ocultarse, el PAN intenta reconstruir vínculos con actividades que rayan más en el simulacro que en la cercanía genuina. Cortes de cabello, Orientación Psicológica y Medica, asesorías legales básicas, clases de zumba, talleres exprés Todo bajo la lonas que emulan el circo, vestimentas de ego color azul; como si el color partidista pudiera teñir de confianza lo que durante años se ha abandonado. Pretenden que la ciudadanía olvide con una tarde de servicios lo que durante tanto tiempo se dejó de escuchar, de atender, de resolver.
Y lo más grave no es el contenido de estas jornadas, sino su destiempo. Son actos tardíos que llegan cuando el tejido ya está roto, cuando las bases ya no están, cuando la lealtad se ha convertido en resignación o en silencio. Son eventos que no nacen del compromiso, sino de la urgencia electoral. No hay memoria en ellos, ni autocrítica, ni humildad. Solo estrategia. Solo imagen. Solo simulación.
El PAN gobernante parece creer que puede recuperar cercanía con logística de campaña. Pero lo que olvidan es que la ciudadanía ya no se impresiona La gente puede tomar el servicio, sí, pero ya no aplaude. Porque sabe que detrás del show no hay voluntad de cambio, solo necesidad de votos. Y la lona, aunque se vea grande y bien planchada, no cubre la realidad: el abandono de las estructuras comunitarias, la distancia con los barrios, con las colonias, la sordera institucional, el desprecio silencioso que por años se instaló en cada decisión tomada desde arriba.
No se puede reconquistar lo que se abandonó con discursos ni carpas. No se puede hablar de cercanía cuando se reaparece solo en campaña. Y no se puede fingir empatía con camisetas nuevas y un micrófono en mano. Las Jornadas Azules no son una respuesta; son un intento desesperado de no perderlo todo. Un montaje que funciona en fotos, pero no en la conciencia de quienes conocen la historia completa.
Porque la lona ya no engaña. Porque la función ya no emociona. Y porque, por más que quieran disfrazarlo de reencuentro, esto no es política ciudadana: es un circo electoral. Y el público, cada vez más crítico, ya no está dispuesto a aplaudir por cortesía.
