Opinión: Ni con 30 millones de beneficiarios: la elección judicial no logró movilizar a los votantes

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#Opinión

Héctor Rodríguez Colmenero

Un golpe para Morena, una ventana para la oposición

El pasado domingo se celebró en México una jornada electoral inédita: la ciudadanía fue convocada a elegir jueces, magistrados y ministros del Poder Judicial Federal. Se presentó como un momento histórico, como un paso hacia la democratización de la justicia, pero terminó siendo una elección sin eco. La participación fue mínima, deslucida, prácticamente invisible. El silencio ciudadano se impuso, y con él, un mensaje claro: algo está profundamente desconectado entre las instituciones y la sociedad.

Los números no mienten. En México, hay más de 101 millones de ciudadanos en el Padrón Electoral. De ellos, al menos 30 millones —es decir, casi el 30%— son beneficiarios de programas sociales federales. Si esa base hubiera acudido a las urnas, la elección habría alcanzado niveles de participación dignos de celebrarse. A ese universo habría que sumar a los observadores electorales, los candidatos, funcionarios de casilla, promotores del voto, familiares de los participantes y operadores institucionales. El potencial de movilización era enorme, y sin embargo, no sucedió nada parecido.

Esto deja en evidencia un fenómeno preocupante: la incapacidad del Estado y del partido gobernante para transformar programas sociales en compromiso cívico. Durante años se ha sostenido —al menos desde el discurso político— que la entrega directa de apoyos garantiza cercanía, gratitud e incluso lealtad. Esta elección lo desmiente. Recibir una beca o una pensión no basta para convertir a alguien en actor político. No moviliza por sí mismo, y mucho menos cuando se trata de un proceso confuso, frío y carente de sentido práctico para millones de personas.

¿Quiénes eran los candidatos? ¿Qué hacían? ¿Por qué eran importantes? ¿De qué manera influye un ministro en la vida cotidiana? Nadie lo explicó de manera efectiva. La “elección histórica” se vivió con apatía porque el mensaje no llegó, y porque el canal institucional no logró hacer tangible la relevancia de lo que estaba en juego. Si una elección no conecta con las emociones ni con las necesidades inmediatas de las personas, simplemente no despierta interés. Esto representa, sin duda, un golpe para Morena. El partido que presume una base social sólida y una comunicación directa con el pueblo, hoy se enfrenta a un dato brutal: esa base no se activó. No respondió al llamado. No se sintió convocada ni entusiasmada por la narrativa institucional. Morena apostó a que su músculo social era suficiente, pero esta elección dejó claro que no hay músculo que valga si no hay causa, claridad y conexión emocional.

Al mismo tiempo, esta es una oportunidad para los demás partidos políticos. La apatía ciudadana no es necesariamente rechazo a la democracia, sino una muestra de agotamiento, desconfianza y orfandad política. Si los actores de oposición logran leer correctamente este momento, podrían empezar a diseñar estrategias que hablen distinto, que escuchen mejor y que construyan una narrativa creíble para quienes hoy se sienten ajenos a todo. La elección judicial, pese a su baja resonancia, puede ser el primer aviso de que el terreno ya no está tan controlado como parece.

Lo que sigue no es solo el conteo de votos, ni los días de espera para conocer los resultados. Lo que sigue es una revisión profunda del modelo de comunicación política, de la manera en que se construye la legitimidad institucional y de cómo —o si— los ciudadanos se sienten parte de esos procesos. Porque si ni siquiera con 30 millones de beneficiarios, más observadores, promotores y redes sociales activas, se logró una participación aceptable, entonces la pregunta ya no es por qué no votaron. La verdadera pregunta es: ¿por qué ya no les importa?