Opinión: La obediencia que mata derechos

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#Opinión

Héctor Rodríguez Colmenero

Cuando la adulación se convierte en vicio

Hoy, el Congreso de Guanajuato podría escribir un nuevo capítulo de retroceso legislativo. La discusión sobre la despenalización del aborto vuelve a una votación clave… o a la posibilidad de ser archivada, en un intento cobarde por evadir responsabilidades y dejar todo como está: con mujeres criminalizadas y derechos congelados.

Con un empate técnico de 18 votos, el escenario es incierto. Y como ha ocurrido antes, el PAN y sus aliados podrían volver a mover sus peones de conveniencia, no por principios ni por compromiso con los derechos humanos, sino por obediencia ciega a las cúpulas partidistas y religiosas. No legislan desde la conciencia, legislan desde la sumisión.

Pero la obediencia va más allá del voto. Son los propios legisladores panistas quienes operan, organizan y movilizan a sus grupos de apoyo más radicales, incentivando desde las sombras la confrontación en las calles. Se presentan como servidores públicos respetuosos, pero fuera del Congreso alimentan la polarización, envalentonando a quienes gritan, rezan y amenazan en nombre de una supuesta moral superior.

Y si el empate se rompe y el resultado es negativo para las mujeres, no faltarán los discursos triunfalistas. Veremos a los diputados azules presumir su “defensa de la vida” como si fueran redentores modernos, como si hubieran salvado el alma del estado. En realidad, lo único que habrán hecho es negar derechos, perpetuar injusticias y obedecer sin cuestionar.

Lo más doloroso de esta hipocresía es que muchos de estos legisladores conservadores conviven en silencio con el sufrimiento de mujeres cercanas a ellos, mujeres que han abortado por necesidad, por desesperación o por sobrevivir. Esposas, hermanas, cuñadas, hijas… que no pueden hablar, que no pueden sanar, porque en su propio hogar no hay compasión, solo condena. Mientras ellas callan y lloran, los suyos suben a tribuna a negarles el derecho a decidir.

Pero si ya están adentro, deben ser sumisos. Porque lo que está en juego no es la verdad, ni la dignidad, ni la justicia: lo que muchos protegen es la dieta mensual, el cargo, el escalón político. Esa es la moneda de cambio de su obediencia.

Y hay un fenómeno aún más preocupante. Al saberse irrelevantes socialmente, muchos de estos diputados han desarrollado una necesidad adictiva de adulación. No tienen legitimidad, no tienen liderazgo real, no son referentes para la sociedad. Lo saben, lo sienten, y por eso buscan con desesperación los aplausos fáciles del conservadurismo más extremo. Reciben halagos, los usan como combustible, se alimentan del fanatismo porque es lo único que les da sentido. La adulación se convierte en su vicio, y el ego, en su única brújula moral.

Afuera, los colectivos feministas seguirán alzando la voz. Del otro lado, continuarán los grupos que imponen su fe como si fuera ley. Y en medio, demasiados diputados tibios, incapaces de mirar más allá de sus intereses personales o de sus alianzas ideológicas.

El Congreso no solo vota una iniciativa: pone a prueba su dignidad, su sentido de justicia y su compromiso con la ciudadanía. Archivar este tema o rechazarlo no es una postura neutral: es una decisión política que tiene consecuencias reales. Es perpetuar la criminalización, el abandono y la violencia institucional contra las mujeres.

Guanajuato no necesita salvadores de vida que legislan con sotanas en la cabeza. Necesita representantes valientes que entiendan que decidir también es un derecho.

Ya basta de obediencias que matan derechos.

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