La Presa de la Olla abre la memoria y el alma.

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Por: Héctor Rodríguez Colmenero

El primer lunes de julio no es un lunes cualquiera. Para los que nacimos y crecimos entre estas montañas cubiertas por cielos azules y en ocasiones por cielos grises que invocan a la nostalgia; es un día que se siente antes de que llegue, Se huele en el aire fresco, se escucha en las charlas del mercado, se ve en los ojos de quienes todavía creemos en las costumbres que nos hacen pueblo, ya que se realiza la Apertura de la Presa de Olla.

Ese día, la ciudad se detiene. Como si el corazón del agua latiera y todos escucháramos su llamado. La Presa de la Olla se abre, y con ella se sueltan los recuerdos, los murmullos viejos, las promesas que hicimos y las que no alcanzamos a cumplir.

De niño, ese lunes lo esperaba como si fuera fiesta mayor. Me apostaba en un rincón del parque Florencio Antillón, siempre con mi madre, que preparaba unos chiles rellenos que olían a hogar. Mi hermano Jesús también solía estar ahí. Reíamos, tomábamos refresco en bolsita y mirábamos cómo el agua caía como si limpiara el alma. Ahora ellos ya no están.

Pero sigue estando mi padre, con sus 98 años y su paso lento, que todavía reconoce el calendario del pueblo mejor que el que cuelga en la pared. “El lunes se abre la presa”, me dice, con voz serena. Lo dice como quien recuerda una plegaria, como quien guarda dentro de sí el reloj del agua.

La ciudad también recuerda. Aunque ya no estén muchos vecinos de aquellos años, aunque el parque haya cambiado, aunque el mundo vaya más de prisa. Nosotros seguimos yendo. Por los que ya no están. Por los que vendrán. Por lo que somos.

Este año, el cielo se ha portado bien. Ha llovido, como debe ser. Los cerros están verdes y el aire trae ese olor a tierra mojada que lo cura todo. Todo indica que el lunes 7 de julio las compuertas se abrirán, como manda la costumbre. No escrita, pero viva en cada uno de nosotros.

Y ahí estaré. Con mi cámara en la mano y el corazón abierto. Haciendo lo que más me gusta: tomar fotografías no para lucirme, sino para dejar testimonio. Para atrapar la bruma, el eco del agua, los rostros que se iluminan como si fuera la primera vez.

Porque abrir la presa no es solo un acto hidráulico. Es un acto de amor. Es el alma de Guanajuato respirando. Es el pueblo sabiendo que aún está vivo.

Este año, como cada año, la ciudad se abrirá con el agua. Y yo estaré ahí. Mirando. Recordando. Respirando. Y dando gracias por seguir teniendo cuerpo para estar… y memoria para no olvidar.