El silencio del PAN y el exilio dorado de Diego Sinhue, Temporada 1, episodio 1. Opinión

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Primera entrega: la doctrina frente al desprecio popular

Opinión

Por: Héctor Rodríguez Colmenero

Este es el primer episodio de una serie que dedicaré a revisar, con lupa crítica, lo que queda del Partido Acción Nacional en Guanajuato. No desde la teoría, sino desde las ausencias, los silencios, las incongruencias. Desde lo que se ve en la calle, lo que se comenta en voz baja, lo que huele mal, aunque se disfrace de doctrina.

A lo largo de los años, en mi ejercicio periodístico, he conversado con muchos panistas de diversas generaciones. En charlas sinceras —a veces públicas, a veces en corto— me compartieron con orgullo cuáles eran sus ejes rectores: el bien común, la dignidad humana, el respeto a la ley, el compromiso comunitario, la austeridad republicana.

De ahí nace mucho de lo que escribo aquí. Porque cuando se escucha con atención, uno no olvida. Y lo que veo hoy duele. Porque es la negación de todo aquello.

Comienzo con un caso que simboliza mejor que ningún otro el derrumbe moral del panismo guanajuatense: el exilio dorado de Diego Sinhue Rodríguez Vallejo, exgobernador, un gran líder del bajio, hoy ausente, cómodo, inexplicablemente silencioso, viviendo en Estados Unidos en una casa de alto valor, mientras el estado que gobernó colapsa entre la violencia, la corrupción inmobiliaria y la pérdida total de rumbo.

El “Párvulo” que no maduró

Durante su mandato, me referí a Diego Sinhue como “el Párvulo”, no por ocurrencia ni por burla, sino porque su manera de ejercer el poder lo evidenciaba: inmaduro, improvisado, envuelto en la ilusión de jugar a la política como quien simula gobernar desde una oficina con maquetas, slogans y eventos.

En ese sexenio, no hizo escuela de liderazgo, sino de simulación.

Y al final, se graduó en ineficacia, dejando a Guanajuato sumido en la violencia, la inseguridad, el abandono institucional y la desesperanza social.

Hoy vive togado en el exilio, como si esconderse en el extranjero fuera parte de su premio. Como si abandonar el estado fuera compatible con haberlo gobernado.

Y lo más grave: su partido calla, protege, y tolera.

Una doctrina bonita… en papel

Antes de escribir esta columna, hice un repaso serio y documentado de los pilares fundacionales del PAN: su Programa de Acción Política, sus Principios de Doctrina y sus Estatutos.

Ahí están las ideas que muchos panistas honestos alguna vez creyeron: dignidad humana, servicio público, función social de la propiedad, subsidiariedad, ética y compromiso comunitario.

Pero en la práctica, nada de eso se cumple.

Porque lo que pasa con Diego no se resuelve con lectura doctrinal, sino con los ojos del ciudadano que lo ve desde abajo, desde el lodo, desde la calle que sigue sin seguridad ni justicia.

Lo que se ve es un político que se retiró sin rendir cuentas, sin dar la cara, y ahora vive con comodidades que nadie explica.

El problema no es si la casa que habita la compró, la alquila o se la prestaron.

El problema es cómo vive, en qué condiciones, con qué justificación ética y política después de dejar un estado quebrado.

¿Invado su vida personal al decir esto?

Me lo he preguntado seriamente: ¿estoy violando su privacidad al hablar de su residencia en el extranjero?

¿Estoy yendo demasiado lejos?

Y respondo con claridad: no.

Diego Sinhue es una figura pública que manejó recursos públicos, ocupó el máximo cargo del Poder Ejecutivo en el estado, y su vida posterior al poder sí es de interés público, sobre todo si vive con un nivel de lujo que contrasta brutalmente con el estado que dejó.

No critico su vida íntima. Critico su silencio, su fuga, su desconexión con el presente de Guanajuato.

Eso no es chisme. Eso es rendición de cuentas.

La hipocresía con moño azul

Lo que Diego representa no es sólo un retiro cómodo, es la derrota moral del PAN.

Llegó con discursos sobre principios, se fue sin principios.

Habló de valores, se refugió en el silencio.

El PAN calla. Y su silencio es encubrimiento.

Aldo Márquez: obediente, pero sin brújula

Y no nos engañemos. Aldo Márquez, líder estatal del PAN, no va a hacer nada contra Diego.

No porque no quiera —seguramente querría verse como líder—, sino porque no le está permitido.

Tiene que obedecer a los padrinos que lo pusieron ahí. Aspira a ser guía, pero no puede ser ni árbitro.

Y eso, tarde o temprano, lo va a llevar al fracaso.

Porque un dirigente que no puede tocar a los suyos no lidera: administra la ruina.

Diego tiene derecho… pero tiene algo pendiente

Los estatutos del PAN le reconocen a cualquier militante el derecho a ser escuchado, a defenderse en caso de un procedimiento interno.

Diego también tiene ese derecho. Nadie se lo niega.

Lo que no tiene —ni tendrá— es autoridad moral para callar cuando más tendría que hablar.

Porque el silencio, cuando se es figura pública, también es una forma de traición.

¿Y el PAN?

El PAN tiene órganos de justicia intrapartidaria. Puede abrir expedientes, solicitar aclaraciones, investigar el estilo de vida de sus exgobernadores si hay incongruencias graves.

Pero no lo hace.

Porque si toca a Diego, tiene que tocar a muchos.

Y prefiere guardar las apariencias antes que salvar su alma.

Diego Sinhue puede invocar su derecho a ser escuchado. Tiene el derecho, pero perdió la confianza.

Y si el PAN no lo llama a cuentas, entonces ya no hay doctrina que valga. Sólo ruinas y cinismo.

Esta fue la primera entrega. Volveré con más capítulos. Porque la historia del PAN no se explica sólo con estatutos, sino con los silencios que lo están matando.

Y Guanajuato merece que alguien lo diga. Sin miedo.