En Guanajuato, hay caminos que no se recorren solo con los pies, sino con el corazón. Senderos donde la historia y la fe se abrazan, y donde cada piedra parece guardar un susurro antiguo. Uno de ellos nace en La Yerbabuena y, desde 1557, lleva a la ciudad a su patrona: la Virgen de Guanajuato.
Hace 19 años, un grupo de guanajuatenses decidió revivir ese trayecto legendario para emular la ruta de Perafán de Rivera, aquel que, según la tradición, se extravió en estas tierras hasta que unas palomas lo guiaron hacia la ciudad. Así nació la Ruta de la Virgen, que desde entonces se realiza cada 8 de agosto.
La mañana despierta fresca. Una neblina suave cubre los cerros como un velo de la naturaleza. En La Yerbabuena, los peregrinos se reúnen en silencio reverente; algunos llevan libros de rezos, otros sostienen rosarios con manos firmes.
La caminata comienza. Entre arroyos y senderos verdes, los pasos se acompasan con rezos y cantos. La Virgen es cargada en andas por fieles que avanzan con paso firme, turnándose para sostenerla con respeto y devoción.
En la primera de las quince estelas, se hace un alto para escuchar un relato: la llegada de la Virgen en 1557. Las voces se elevan, se entonan cantos, y el aire parece sostener cada palabra.
A media travesía, el sol rompe la neblina. La luz se derrama sobre los peregrinos, trayendo calor y fuerza a los pies cansados.
En cada estela se repite el rito: una historia, un rezo, un canto que renueva el ánimo. El canto de las aves y el murmullo del agua en los arroyos se funden con las voces humanas, creando un solo himno.
El sendero desciende hacia Guanajuato. El sonido de las campanas se acerca, como un llamado antiguo que nunca deja de resonar.
Y entonces ocurre: la Basílica abre sus puertas y la Virgen entra, no como una figura distante, sino como una madre que vuelve a casa. Los peregrinos la rodean, algunos con lágrimas, otros con sonrisas, todos con la certeza de que su fe, tejida por siglos de historia, sigue viva. Afuera, las campanas continúan repicando, y en el aire queda flotando la sensación de que, por un instante, el cielo decidió caminar junto a su pueblo.
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