Cuando suena la alarma no hay demasiado tiempo para pensar. La capacitación, el tipo de emergencia y la necesidad de llegar cuanto antes ocupan la mente; después aparece la adrenalina. Lo demás, muchas veces, llega cuando el servicio termina.
En el marco del Día del Bombero, Jorge Carrillo y Cristian Martínez representan a dos generaciones del Heroico Cuerpo de Bomberos de la ciudad de Guanajuato: la juventud que comienza a construir su historia de servicio y la experiencia de quien ha dedicado tres décadas a esta vocación.
Ambos hablan de lo que significa estar detrás del uniforme: enfrentar el miedo, cargar con las imágenes de una emergencia y regresar a casa después de haber vivido situaciones que difícilmente se olvidan.
Sus trayectorias son muy distintas. Jorge está por cumplir apenas un año y medio como bombero, mientras que Cristian cumplió el pasado 2 de junio 30 años de servicio, luego de haber ingresado en 1996.
La juventud frente a la emergencia
Para Jorge, cuando llega un llamado de emergencia, lo primero es recordar lo aprendido durante las capacitaciones y concentrarse en lo que deberá hacer al llegar.
Si se trata de un incendio, piensa en proteger la vivienda; si hay una persona que necesita ser rescatada, en realizar el procedimiento de la mejor manera posible.
Después, reconoce, la adrenalina hace lo suyo.
En una ciudad como Guanajuato, donde atender una emergencia puede significar subir escalones, callejones y pendientes cargando equipo, la preparación física adquiere otro sentido.
Jorge recuerda uno de sus entrenamientos más pesados, cuando tuvo que subir con mangueras hasta lo más alto de un callejón; y llegó a preguntarse cómo podría hacerlo durante un incendio real sin quedarse sin fuerzas, piernas o aire.
Sin embargo, al llegar una emergencia la percepción cambia.
“Tú lo que quieres es llegar rápido y hacer las cosas”, explica.
La adrenalina, asegura, ayuda a que el esfuerzo y el tiempo se perciban de otra manera.
Cristian describe algo parecido. En medio de una emergencia siente una carga de energía en la que, por momentos, parece que el tiempo se detiene y toda la atención queda puesta en resolver lo que está ocurriendo.
El cansancio llega después.
Cuando termina el servicio y comienza a bajar la adrenalina aparecen los dolores y el agotamiento acumulado.
Emergencias que no se olvidan
Después de tres décadas como bombero, Cristian conserva en la memoria servicios que lo marcaron.
Uno de ellos ocurrió en Pénjamo, durante el rescate de unos menores que habían sido arrastrados por un río.
“También tengo mis hijos”, recuerda.
Ver a aquellos menores hizo inevitable pensar en su propia familia.
Otra emergencia ocurrió hace más de 20 años, durante el incendio de una vivienda en el que murieron un bebé y su hermano, quien había intentado rescatarlo mientras su madre no se encontraba en casa.
Son experiencias que no desaparecen simplemente cuando termina el turno.
“El que te diga que nunca ha llorado, pues estará mintiendo”, reconoce Cristian.
Explica que después de algunas emergencias existe una importante carga emocional y que entre los propios elementos realizan dinámicas grupales para hablar de lo que vieron y descargar parte de esas emociones.
Lo que se habla ahí, señala, se queda entre ellos.
La intención es liberar parte de esa carga antes de volver a casa con sus familias.
Contrario a la idea de que enfrentarse constantemente a emergencias vuelve más duros a los bomberos, ambos consideran que ocurre lo contrario.
Cristian asegura que observar diariamente a personas lesionadas, familias preocupadas y personas atravesando momentos difíciles termina por volverlos más sensibles y más humanos.
Jorge coincide.
Para él no se trata de hacerse más fuerte o de acostumbrarse a lo que ocurre, sino de aprender a dejar cada servicio atrás para poder estar preparado para el siguiente.
“Hijo, no vayas”
En el caso de Jorge, la preocupación también llegó a su familia.
Recuerda que cuando comenzó a acudir a los servicios su madre llegó a pedirle que no fuera.
“Yo la vi temblando, me dijo: ‘hijo, no vayas, hijo, espérate’”, recuerda.
Pero Jorge tenía claro que quería estar ahí.
Con el paso del tiempo, después de verlo regresar satisfecho de los servicios y entender que disfruta hacer bien su trabajo, aquella preocupación se transformó en una petición mucho más sencilla:
“Cuídate”.
“Si entro contigo, salgo contigo”
Para Jorge, el lema de salvar una vida no solamente se refiere a la persona que se encuentra en peligro.
También significa cuidar al compañero que entra junto a él a una emergencia.
La preparación, explica, implica pensar en la persona que necesita ayuda, pero también en quien va al lado.
“Si entro contigo, salgo contigo”.
La frase resume una parte de la hermandad que existe entre los bomberos y la importancia de regresar juntos después de cada servicio.
No todo es apagar incendios
Los servicios tampoco se limitan al combate de incendios o a los grandes rescates.
En ocasiones reciben llamados para rescatar perros o gatos que quedaron atrapados o se encuentran en lugares de difícil acceso.
Cristian, quien tiene seis perros, reconoce que también existe satisfacción en ese tipo de servicios, aunque advierte que incluso un rescate aparentemente sencillo puede representar riesgos dependiendo del lugar donde se encuentre el animal.
Para Jorge, la recompensa llega cuando consigue entregar nuevamente la mascota a su propietario.
El simple hecho de escuchar un “gracias” y observar la reacción tanto del dueño como del animal es suficiente para regresar satisfecho a la estación.
La preparación de un bombero también va mucho más allá de saber combatir el fuego.
Todos comienzan con conocimientos básicos sobre incendios y, conforme adquieren experiencia, pueden conocer y especializarse en distintas áreas.
Durante la entrevista mencionaron preparación en rescate vertical, buceo, estructuras colapsadas y atención paramédica, además de capacitaciones internas y externas.
Jorge llegó precisamente al mundo de los bomberos después de formarse como técnico en emergencias médicas.
Su acercamiento al trabajo prehospitalario lo llevó a conocer otras áreas, como el rescate vertical y la extracción vehicular, hasta descubrir que ser bombero representa mucho más que apagar incendios.
“Es un mundo de capacitaciones y te vas envolviendo”, señala.
Llegó para hacer su servicio social y nunca se fue
La historia de Cristian comenzó de una manera mucho más inesperada.
Cuando estudiaba la preparatoria necesitaba realizar su servicio social. Su primera intención era hacerlo en el área deportiva, pero no encontró lugar.
Después, junto con unos compañeros, buscó espacio en la Cruz Roja, pero tampoco había cupo.
Entonces decidieron acudir a Bomberos.
Era 1996.
“Entré y ya no volví a salir de aquí”, recuerda Cristian.
Treinta años después sigue siendo parte de ese mundo.
En la estación también se construyen historias que no tienen que ver directamente con las emergencias.
Una de ellas fue la de Piro, una perrita que durante alrededor de 12 años formó parte de la vida cotidiana en la base.
Cristian recuerda que cuando sonaba el timbre era de las primeras en alertarlos y, cuando los bomberos regresaban de un servicio, los esperaba en las escaleras.
Su pérdida, reconoce, también se siente entre quienes compartieron durante años la estación con ella.
Y quizá por eso los pequeños reconocimientos adquieren un significado distinto.
Jorge cuenta que durante los desfiles resulta especialmente motivante observar a los niños saludarlos, escuchar los aplausos o recibir un “gracias” desde la calle.
Esos momentos, dice, permiten sentir que el trabajo se está haciendo bien.
Cristian, incluso después de 30 años, experimenta algo parecido.
“Se siente esa emoción… la piel de gallina”, explica sobre el momento en que la gente los aplaude.
Un reconocimiento que, aclara, no recibe únicamente a título personal, sino en nombre de todos sus compañeros.
Dos generaciones, una misma vocación
Detrás de las máquinas, los cascos, las mangueras y las sirenas hay personas que también sienten miedo, cansancio y tristeza.
Personas que lloran, que piensan en sus familias y que aprenden a guardar por un momento lo que vivieron para volver a estar listas cuando la alarma vuelva a sonar.
Jorge y Cristian representan dos momentos distintos de una misma historia: la juventud que llega con fuerza, preparación y deseos de servir, y la experiencia de quien ha permanecido tres décadas al lado de sus compañeros, acumulando conocimiento, recuerdos y cicatrices emocionales.
Entre ambos existe una diferencia de tiempo, pero no de compromiso.
En el Heroico Cuerpo de Bomberos de la ciudad de Guanajuato, la experiencia de los años y el ímpetu de la juventud terminan encontrándose frente a una misma responsabilidad: estar ahí cuando alguien necesita ayuda.
Porque detrás del uniforme no hay solamente un bombero.
Hay un hijo, un padre, un amigo, un compañero; alguien que también siente miedo y que, aun así, cuando suena la alarma, se levanta, se equipa y sale.
¡Todo por salvar una vida!
