Con un Teatro Cervantes lleno, el colectivo dirigido por Omar Córdova convirtió al público en protagonista de una experiencia musical irrepetible, donde el jazz se construyó a partir de las decisiones de los asistentes.
La Sociedad de Impro Brutal llegó al Festival Internacional Cervantino para romper con los esquemas de una presentación musical convencional. El pasado 6 de octubre, el colectivo, bajo la dirección de Omar Córdova, se presentó en el Teatro Cervantes con localidades agotadas, en una velada donde el jazz, la improvisación y la participación del público se convirtieron en los protagonistas.
La primera parte del concierto estuvo integrada por una serie de temas previamente estructurados. Sin embargo, fue en la segunda mitad cuando la propuesta adquirió una dimensión distinta con «Se hará lo que el público quiera» , un ejercicio de creación musical en el que los asistentes tuvieron la posibilidad de intervenir directamente en el desarrollo del espectáculo.
Detrás de los músicos, una pantalla proyectaba un código QR que los espectadores podían escanear con sus teléfonos celulares para acceder a una encuesta interactiva. A partir de sus respuestas, el público decidía aspectos de la interpretación: el ritmo de la música, los cambios de atmósfera, el volumen y hasta el instrumento que tendría su momento protagónico, ya fuera la guitarra, el piano o la flauta.
Con cada decisión, los músicos se enfrentaban a un nuevo reto: transformar las indicaciones de los asistentes en una experiencia sonora coherente, sin perder la libertad que caracteriza a la improvisación.
Una vez más, el talento de Omar Córdova se hizo presente al conducir magistralmente una presentación en la que cada elección abría nuevas posibilidades musicales. Sobre el escenario, los integrantes de la Sociedad de Impro Brutal demostraron su dominio del lenguaje del jazz, siguiendo los cambios propuestos por el público con precisión, complicidad y una notable capacidad para construir música en tiempo real.
Resultó fascinante observar cómo los músicos se dejaban llevar por las posibilidades de cada momento. La guitarra encontraba nuevos caminos, la batería aportaba su energía y sus momentos de locura, la flauta sumaba otros matices y el piano desplegaba su riqueza sonora. Todo sucedía bajo una dinámica en la que una decisión podía transformar por completo el rumbo de la interpretación.
El resultado fue un concierto único, imposible de reproducir exactamente de la misma manera. Cada elección modificaba la experiencia y convertía a los asistentes en participantes activos de lo que ocurría sobre el escenario.
En una fiesta cultural como el Festival Internacional Cervantino, propuestas como esta recuerdan la importancia de involucrar al público y ofrecerle experiencias que vayan más allá de la contemplación. Aquí, los espectadores no solamente escucharon jazz: tuvieron la oportunidad de influir en su creación.
Al final, en la memoria de quienes llenaron el Teatro Cervantes no quedaría únicamente el recuerdo de una melodía, sino también el de aquellos solos de guitarra, la energía desbordada de la batería y la magia del piano. Todo articulado a partir de una serie de decisiones colectivas que hicieron de aquella noche una experiencia irrepetible.
Porque, con la Sociedad de Impro Brutal, la música no estaba completamente escrita de antemano: también dependía de lo que el público quisiera escuchar.